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Las gatas Carey

Ríos de tinta han corrido sobre las gatas Carey. Décimos gatas, así en femenino. Todas son hembras. De hecho los gatos tricolor son hembras en su gran mayoría. En el caso de aparecer algún macho suele ser estéril.

Es un patrón de color que comprende el negro, naranja y blanco en todas sus variantes. El nombre Carey viene de la especie de tortugas del mismo nombre. Para estas ser Carey es una maldición puesto que el ser humano las mata y les arranca el caparazón para usar sus espectaculares colores de decoración. Para las gatas también lo es, pues hace que sean las menos adoptadas. Sus colores no gustan. La lógica del ser humano.

Su manto salpicado ha sido fuente de leyendas y mitos en casi todas las culturas. En el cine, son muy solicitadas en las películas que tienen que ver con magia, brujería o misterio. En Japón es símbolo de buena suerte. Ningún barco podía salir antiguamente sin una Carey pues ahuyentaba a los malos espíritus del mar y auguraba buena pesca. En la Edad Media se decía que eran, junto con los gatos negros, la reencarnación del diablo. Los celtas y los romanos consideraban que daba muy buena suerte cruzarse con una y les atribuían poderes mágicos. En Estados Unidos se dice que atraen al dinero. Sin embargo, existe una historia sobre el origen de estas gatas bastante sorprendente.

LA LEYENDA DE LAS GATAS CAREY

Hace mucho tiempo, el Sol empezaba a estar harto de ser el centro del Universo. Era una responsabilidad con la que llevaba cientos de miles de años y empezaba a aburrirse. Sin embargo en la tierra todo parecía mucho más divertido y deseaba poder participar de ese bullicio de vida.

Así que pidió un favor a su compañera Luna: ocupar su lugar por la noche para escaparse a la tierra y dar una vuelta. A la Luna aquello le parecía una locura, pero no podía decir que no al Sol. Al fin y al cabo eran muy amigos. Se conocían desde que se creó el Universo.

Nuestro amigo Sol, para no levantar sospechas adquirió la forma de una gata negra, y se apareció en un bosque cerca de una aldea para poder ver sin ser visto. Nunca lo había pasado mejor, cada cosa que descubría le sorprendía y le hacía perder más la noción del tiempo.
Al amanecer, la Luna ya tenía bastante sueño y se olvidó de que el Sol estaba de paseo. Se fue retirando lentamente a dormir. De repente el Sol se dio cuenta de la hora, se puso muy nervioso y huyó tan rápido de dentro de la gata negra que cientos de rayos se quedaron en su pelo. Su manto oscuro se llenó de destellos amarillos y naranjas, color del fuego.
Desde ese día, todas las gatas descendientes de esta primera, adquirieron esa magia del Sol, siendo medio gatas, medio diosas.

 

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