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Blacky

Algo tan rutinario como un paseo por la calle puede cambiar la vida de un gato, y la tuya. Eso pasó cuando una voluntaria encontró una tarde a un gatito negro en la copa de un árbol a cinco metros de altura. Los maullidos la alertaron. “Lleva dos días allí maullando” increpó una vecina con total indiferencia. Dos días sin comer ni beber. Famélico, deshidratado. Muy asustado.

Así que nos pusimos en marcha. Escalera, furgoneta, transportín, prisas. Una amable señora del barrio que de vez en en cuando alimentaba a las colonias de la zona se alegró de que la suerte de este gatito cambiara “Por aquí no son muy amables con los gatos. Lleváoslo por favor, no lo dejéis aquí. Corre peligro”, nos rogaba.

Blacky se dejó coger puesto que la alternativa era saltar al vacío, y era muy chiquitín para tomar ese tipo de decisiones. Una vez en casa descubrimos sorprendidos que había nacido para ser gato casero. No extrañaba el nuevo entorno, adoraba a los humanos, se sentía feliz y pleno. Cuando sació su sed y su hambre hicimos una promesa solemne a Blacky. Esa iba a ser su casa. Nunca más dejaríamos que estuviera solo.


 

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