Olivia la agradecida

Oli salía de su escondrijo cada día a la llamada de Bárbara. Acudía, al oír su nombre, a comer la latita que su cuidadora llevaba a diario, pero también salía para recibir sus caricias diarias. Oli las esperaba con anhelo y antes de ponerse a comer, agasajaba a su cuidadora, con una serie de ronroneos interminables, frotándose contra sus piernas y sus manos, agradecida por quererla y que, de esta manera, la dura vida en la calle fuera más amable.
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